FRASE

“Las formas de arte, a mitad de camino entre el objeto y la idea, nos conducen allí. Al mismo tiempo que afectan a nuestros sentidos, llaman a nuestro espíritu, y en nuestra conciencia así fecundada nace una significación que sella la experiencia de nuestra Unidad compleja.”

René Berger (escritor y ensayista suizo)

 

COMENTARIO

Especialmente en nuestra sociedad, la sensibilidad artística y el interés por sus manifestaciones, se suele considerar como algo accesorio, que “está bien” como entretenimiento, como hobby. De esa manera, la apreciación de las distintas muestras de arte queda relegada a los espíritus “poco prácticos”, a las vocaciones “poco funcionales”.

 

Los estudios y la formación de las nuevas generaciones parecen estar orientadas a lo que se considera “esencial”, a la utilidad práctica; con un especial énfasis en el aspecto de la actividad política, económica o comercial. El arte, generalmente, queda relegado a la esfera privada (excepto la carrera de Bellas Artes, donde no se aprende a dibujar -según los propios alumnos- y cuya salida profesional es prácticamente nula). La música, el canto, el teatro, el dibujo, el modelado, la poesía… parecen alejarse de las principales corrientes educativas.

 

Sin embargo, el desarrollo de la capacidad artística viene a mostrar una faceta de la persona que le es única, que le distingue, claramente, de otros seres cuyos instintos se ocupan exclusivamente de la supervivencia.

 

El arte dignifica a la persona y le sitúa por encima de la materia, del objeto y le impulsa hacia ese estado en el que las emociones toman cuerpo, se materializan en sonido, en voz, en forma, en color, en acción, en palabra…, y, de esa forma, se manifiestan, se expresan con toda su fuerza e intensidad. Nos impulsa a ese estado intermedio entre la tierra y el cielo, ratificando su condición de “acto” que requiere tanto de lo tangible como de lo etéreo. Y ubicándonos a nosotros mismos como  seres suspendidos entre la materia y el espíritu.

 

¿Quién no ha vibrado con la polifonía de Tomás Luis de Victoria o con una cantata de Juan S. Bach, con la voz de Victoria de los Ángeles o con el violín de Itzhak Perlman? ¿Quién no se ha quedado extasiado con una pintura de Leonardo da Vinci, de Van Gogh o de Sorolla? ¿O, a quién no le ha brotado alguna lagrima frente a una magistral obra de teatro o escuchando algún poema de S. Juan de la Cruz o de Miguel Hernández?… (O cualquier otra obra cuya sensibilidad pudiéramos compartir).

 

El mismo René Berger declara en su libro “El Conocimiento de la Pintura”:

 

“Si nos redujésemos a la sola percepción, nos limitaríamos sin duda a registrar representaciones sin lazos entre ellas, o más bien ligadas sólo a la existencia de nuestro cuerpo. Como las bestias, nos ocuparíamos solamente de satisfacer nuestras necesidades vitales, y el mundo entero sería constreñido a un cúmulo de objetos entre los cuales todo nuestro cuidado consistiría en distinguir los útiles de los inútiles, los peligrosos de los inofensivos. A la inversa, si no fuéramos más que espíritus puros, nos bastaría sin duda con concebir, a la manera de los dioses, para que la realidad se alumbrase por sí misma, y el universo entero se convertiría en álgebra soberana de la que seríamos la ecuación y la clave.

Pero nosotros notamos perfectamente que nuestro estado no se confunde con ninguno de ambos extremos. Del mismo modo que no nos resignamos a ser enteramente objetos, tampoco tenemos la presunción de ser enteramente dioses. La experiencia cotidiana al par que la reflexión nos persuaden de que somos criaturas intermedias o mixtas y de que son las formas intermedias o mixtas las que tienen mayores probabilidades de responder a nuestra condición: entre ellas las formas de arte.”