Los profesores comenzamos un nuevo periodo lectivo, un nuevo curso, uno más… otra vez… ¡siempre lo mismo! ¡No es verdad!, porque nosotros, ¿somos los mismos?, ellos, los alumnos, también  son diferentes.

 

Educar a las personas  – siempre ha sido, pero sobre todo hoy- es el  reto de nuestro tiempo, utopía de una profesión, la de docente. Reflexiono, motivado por el simbolismo del nuevo curso y  obtengo el siguiente resultado

 

Me reafirmo sobre el concepto cooperativo de la educación, más que el competitivo. Cuando los docentes cooperan, colaboran, se solidarizan en la enseñanza, hacen posible que los alumnos vayan vislumbrando que  educarse y crecer en plenitud intelectual es algo más que un estado de contento o satisfacción. Saber más y mejor es un estado de crecimiento permanente,  felicidad, en el sentido de “ser fértil” y fecundo, más que el de ser afortunado, o colmado de suerte y fortuna.

 

Esto es posible si el profesor lo hace de acuerdo a lo que es y no tanto por lo que cree ser, debe ser, ven los demás o aparenta ser. Ser profesor, maestro, conlleva la responsabilidad de la autocrítica, llevar en su ser el proyecto de querer ser”, vivir el compromiso, cada nuevo curso,  que se desprende de las palabras de D. Jacinto Benavente: “el hecho de que nos consideren mejor de lo que somos, nos obliga a serlo”.

 

Es entonces cuando es posible la utopía, palabra que deja de significar algo irrealizable, acaso una quimera, -no es así- sino que se debería interpretar entonces como u-topos, “en otro lugar”. Ofrecemos a nuestros alumnos un proyecto (el de saber), que todavía no tiene lugar. Nuestro trabajo docente, riguroso y honesto va a poner de manifiesto enseguida cual es la distancia entre quién es nuestro alumno hoy y quién está llamado a ser, distancia que se convierte en cauce y camino. Nuestro compromiso docente, alumbra no solo con las luces de la razón sino con el brillo de la ilusión y la esperanza.

 

La docencia es entonces vocación, -llamada- que permite ver y compartir con nuestro pupilo como la vida se tensa, brota el sentido existencial, nace la responsabilidad como deseo de responder y el crecimiento de la persona en fortaleza, virtud que vive y aflora entre el miedo y la temeridad. Se van tomando las riendas de la vida, conociendo los límites y diferenciando las voces de los ecos. Finalmente, le ves capaz de transformar la realidad de su tiempo. Todo ello construido con los ladrillos del tiempo y el cemento de la paciencia.

No debemos olvidar que llegamos a ser personas, no tanto porque comenzamos siendo un YO maduro y consolidado, sino que  antes fuimos un “TÚ”, para nuestros padres, hermanos, profesores, amigos. Fui un “TÚ” primero para ellos, me transforme en un “Nosotros” y al final me di cuenta de quién era “YO”.  Somos pues un diálogo, un encuentro permanente, una comunidad, una “persona de personas”, como dijera E. Mounier.

 

Educar es comunicar

Acepto y comparto con el profesor X.M. Domínguez Prieto (ver en Ética del docente, colección sinergia. Fundación E. Mounier, 2003), que educar no es solo educare, nutrir y alimentar para crecer, sino también es educere, que significa, extraer, sacar a la luz, actualizar lo que hay en cada uno.

 

Educar es también comunicar, en el sentido de “salir de si… ”y tratar al otro como un ser valioso, escucharle, guardar silencio a veces, ver como experimenta, a tientas, y queda afectado por la realidad de su tiempo, hasta que descubre la manera de caminar y orientarse, porque vivir tiene mucho que ver con elegir.

 

No olvidemos que ello  debe hacerse con la delicadeza que determina la Autoridad del maestro, esa autoridad que es augeo, que aúpa al otro y es auxi que ayuda, y auxilia. Entonces la autoridad es verdadera auctoritas, la que será siempre “públicamente reconocida”. Es entonces cuando el maestro, profesor, en la clase, el aula o el laboratorio, enseña,- el tema que corresponda,- haciendo suyas  las palabras de Agustín de Hipona (De Trinitate I, 3):

 

“… Ojalá que el que esto leyere, si comparte mis convicciones conmigo avance, si conmigo vacila, conmigo busque, si un error suyo reconoce, me lo confiese, si el error es mío, hágamelo saber….”