Mi relación con la medicina ha sido siempre en el rol de paciente, al otro lado de la mesa de la consulta o sobre la camilla del quirófano.

Pero también tengo una relación catódica, a través de las series de televisión. Un ámbito como el de la medicina da para contar muchos tipos de historias. Las hay romántico-pasteleras como Anatomía de Grey (Grey´s Anatomy), detectivescas, como House (Dr. House) e incluso destacadas facturas españolas, como Hospital Central. Como nexo común, el antagonista suele estar personificado en las enfermedades…, y los gestores del hospital.

De todas, mi favorita sin duda era Urgencias (ER), por sus tramas, sus personajes y su endiablado ritmo cuando los protagonistas entraban en quirófano. Lamentablemente, le sobraron las últimas temporadas. Pero me gustaba tanto, que me daban ganas de estudiar medicina en lugar de haberme encaminado al periodismo.

Obviamente, se que si me hubiera decantado por la ciencia de Galeno, me hubiera llevado una decepción. La misma de quien hubiera decidido encaminarse al periodismo tras visionar la clásica Lou Grant o la más reciente The Newsroom.

Pero volviendo a la medicina (y a las series) toda esta disertación viene después de haber devorado las dos temporadas de The Knick. En sus 20 episodios, todos ellos dirigidos por Steven Soderbergh, que además se encarga de la fotografía y el montaje, se narran las tribulaciones de médicos, enfermeras y el resto del personal del Knickerbocker Hospital de Nueva York, fundado en 1862 y que cerró sus puertas en 1979.

Las tramas resultan creíbles y tienen gran interés pero, si hay algo que destaca es el retrato de una sociedad racista y machista en los albores del siglo XX, así como los avances en la medicina. Pinceladas de realismo que acercan la narración al documental.

Todo gira entorno al Doctor John Thackery, cirujano jefe del hospital, interpretado por Clive Owen, un personaje con luces y sombras, bien escrito e interpretado. Hay imágenes muy crudas, con sangre, órganos y vísceras que a un profano como yo, le parecen realistas.

Interesa también la adicción a la cocaína que padece el protagonista y la curiosa irrupción de la heroína, un nombre por cierto, que da pistas sobre lo que se esperaba de esta maldita sustancia.

Mención aparte merecen los camilleros que rescatan a los accidentados y se pelean entre ellos para poder trasladarlos a sus hospitales de referencia (porque les pagan por cada uno que consiguen llevar vivo).

Con todo, me quedo con la subtrama de la introducción de nuevas técnicas al servicio de la medicina, muchas de ellas gracias a la electricidad. Esa narración nos aporta la perspectiva de los vertiginosos avances médicos que hemos vivido en el último siglo. Desde nuestro punto de vista actual, sorprende que se pudieran hacer intervenciones quirúrgicas. De echo, algunos de los médicos ¡ni se lavan las manos!

La “Máquina de hacer Bip” de la que hablan los Monthy Python en El Sentido de la Vida cobra una nueva dimensión al ver cómo se desenvuelven médicos y enfermeras con artilugios que funcionan, literalmente, a pedales. Ya sea por curiosidad histórica o con el fin de valorar el tremendo avance vivido en la tecnología sanitaria en el último siglo, esta es una serie que recomiendo a todos los profesionales de esta admirable ciencia y profesión.

Luis Luna
Periodista. Especialista en comunicación, gabinetes de prensa y redes sociales. Colaborador del blog de Fernando Bandrés