Reproduzco, a continuación la introducción del libro que recientemente publiqué en la colección Sinergia de la editorial de la Fundación Emmanuel Mounier, con el título Vejez biológica y vejez biográfica. Este pequeño volumen lleva un prólogo firmado por Carlos Díaz.

 

“Hemos llegado sin sentir a los helados dominios de Vejecia; a ese invierno de la vida sin retorno vernal, con sus honores y horrores… El tiempo empuja tan solapadamente con el fluir sempiterno de los días, que apenas reparamos en que, distanciados de los contemporáneos, nos encontramos solos, en plena supervivencia. Porque el tiempo “corre lento al comenzar la jornada y vertiginosamente al terminarla…” Al leer en nuestra conciencia, quedamos un poco aturdidos. El yo, no obstante las traiciones y eclipses de la memoria, sigue considerándose como eje de nuestra vida interior y exterior, a despecho de un cuerpo decrépito que nos sigue jadeante y como a remolque en nuestras andanzas fisiológicas e intelectuales”.

(El mundo visto a los ochenta años.

Santiago Ramón y Cajal, 1852-1934)

La vejez biológica se identifica con la enfermedad y la decrepitud del organismo, lo que nos lleva a la gerontología y la geriatría. Nuestras células, tejidos y órganos, van perdiendo su capacidad de división, crecimiento y función hasta llegar a ser incompatibles con la vida. En muchos casos este recorrido se realiza en el contexto narrativo y biográfico de dolor y sufrimiento. A pesar de todo, nuestro cuerpo es una máquina muy compleja que envejece en el marco de un tiempo, no solo cronológico, sino también biológico y biográfico, lo que le hace ser, desde el punto de vista estético, bello y merecedor de curiosidad y admiración.

Cuando la vejez se va instalando de forma biográfica, se expresa mediante una sucesión de narraciones, relatos expositivos, propios también de un tiempo, una etapa más de la vida a la que llamamos cordialmente madurez o tercera edad. Lo cierto es que ambas vejeces, biológica y biográfica, viven juntas, se reconocen, comunican e intercambian experiencias comunes. S la verdadera vida experiencial. Cuando el tiempo pasa, la memoria y los recuerdos más vitales se activan, mientras las fuerzas van declinando, se amontonan y mezclan aciertos, éxitos, errores y desengaños, al tiempo de encubrir con la palabra sabiduría, estados de desesperanza. En este tiempo de evidente y progresivo envejecimiento, de manera paradójica y ante nuestra perplejidad, el rostro espejo del alma, aunque ajado por el tiempo y la salud, puede traslucir una serenidad que no nos pertenece, sino que habita en nosotros como un milagro de la vida. Como dijera Víctor Hugo, “en los ojos del joven arde la llama, en los del viejo brilla la luz”.

Pretendo acercarme, sin hacer casi ruido, a la vejez desde la biomedicina, incluso desde la medicina personalizada, y a la vez intentar en su recorrido redescubrir a la persona en ese nuevo momento biográfico que es la vejez, capaz de conjugar en presente y a pesar de todo el verbo amar, porque quizá entonces madurez, vejez y ancianidad se conviertan en un reencuentro entre nuestro talento biológico y lo inmerecido e inesperado que se desprende de nuestra biografía. Puede ser entonces un nuevo tiempo, verdadero renacimiento que nos ilumina y capacita para descubrir la necesidad de creer y esperar en quien nos dio la vida y la brújula de su sentido para llegar hasta hoy: Dios.